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Los vallecaucanos, excepto los de la zona rural, nos levantamos todos los días y nos parece mágico tener esta maravilla de frutas al desayuno. No es mágico y el origen no podría ser más que triste: el 80% de las frutas y verduras que nos comemos viene de otras zonas de Colombia o del exterior.

Y mientras me pregunto de dónde viene esta piña deliciosa, me llegan a la memoria las asociaciones de frutas beneficiarias del ‘Programa Integral de Fruticultura’ de la Gobernación del Valle. Recorrí, invitada por Corpovalle que lidera el proyecto, carreteras y asociaciones perdidas en las montañas de este departamento, que no sólo es plano.
Me encontré con el proyecto más ambicioso que se ha hecho en la región para ayudar a pequeños productores.

Estuve en El Rubí, en Venecia, en corregimientos y veredas perdidos entre ambas cordilleras, viendo cómo ingenieros agrónomos, profesionales socio-empresariales y comerciales, acompañaban a estos miles de pequeños agricultores, para generar un cambio social desde la agricultura.

Este proyecto empezó hace tres años y hoy sé que muchas de estas asociaciones están entregando productos directamente a LA 14, Cañaveral, Éxito, Carulla, Belalcázar y a muchos ‘fruvers’ locales. Frutas que cumplen los requisitos de calidad y se transportan con planes logísticos, con asociaciones registradas en cámaras de comercio y Dian. Familias que pasaron del intermediario al supermercado. Gracias a la voluntad de estas cadenas que abrieron sus puertas para enseñarles cómo se trabaja y se compite abiertamente.

He seguido de cerca el proyecto cuando me enteré que el Valle no era la famosa ‘despensa alimentaria’. Se ha acompañado a 3200 pequeños agricultores. Esta continuidad y la perseverancia de Corpovalle han logrado el cambio. En 2019 ganaron el premio del mejor proyecto de inversión de regalías de Colombia en desarrollo sostenible.

Mientras termino esta columna y pienso en nuestras frutas desaparecidas: el madroño, el níspero, la guama, la piñuela, la batea y todos esas delicias que fueron parte de mi infancia, me pregunto hasta cuándo importaremos uvas sin pepita de California, o mandarinas y naranjas de la Florida, manzanas y peras de Chile, mangos y ahuyamas peruanas, mientras en este país a muchos se les pierden las cosechas.

El Valle le debe seguir apostando la ruralidad desde un trabajo social integral. Por ahora tenemos este proyecto al que se han sumado Fundaciones como la Caicedo Gonzales, la FWWB, Funof, Asohofrucol y hasta Asocaña.

El Programa Integral de Fruticultura se prepara para una tercera fase, lo que implicaría otros años acompañando y haciendo crecer a estas empresas rurales. Estos pequeños agricultores necesitan ya conexiones de internet que no los dejen ‘desconectados’ del mundo y que no los masacre el ‘gota a gota’ de las recargas de celulares. Necesitan el arreglo de carreteras terciarias.

Ojalá esos mismos ‘momios’ que predican la ‘urgente necesidad’ de la conexión Buenaventura-Orinoquía, se pasearan por este departamento y se dieran cuenta cómo, en los 42 municipios del Valle, deben todavía mover sus frutas en chiva, tarabita o mula, porque no hay carreteritas terciarias.

Ya estamos pasando del intermediario al supermercado. Ahora debemos pasar de la mula a un camión que logre tener acceso al Valle geográfico. Nuestras frutas, nuestros campesinos y nosotros los consumidores lo necesitamos. #Vallecompravalle

Posdata. Se me olvidaba decir que en este trabajo, ejemplo en Colombia, está el aporte de los reincorporados al proceso de paz, quienes con voluntad están aprendiendo a cultivar y ya constituyen un empresa rural, además de la inclusión de asociaciones indígenas, afrodescendientes, mujeres y jóvenes de colegios rurales. Ellos son los verdaderos héroes. Esos campesinos que aman su tierra, la cultivan a pesar de ser los grandes olvidados, los que más han sufrido la violencia y siguen adelante. Colombia está en deuda con ellos. Bien por el Valle, pionero en esta revolución.

 

Por:Aura Lucía Mera
Tomado de: Publicado Julio 20, 2020  El País Cali